martes, 30 de agosto de 2011

El Antro


 Hay una imágen de Los Ángeles que es la más publicitada: un coche último modelo convertible, con una pareja muy parecida a Barbie y Ken, manejando entre boutiques de diseñadores donde posiblemente esté tu estrella de cine favorita comprándose el vestido del día.
Durante los primeros días ese Los Ángeles, que por un lado me atraía y por otro me aterraba, ese no lo vi. Vi, más bien, por un lado un Los Ángeles plagado de turistas, o por otro, un Chinatown con 15 camas de masajes dentro de un local tamaño tienda de abarrotes, o calles residenciales parecidas a el set de Esposas Desesperadas, con mucho movimiento, pero sin lo plástico esperado. La verdad, eso me hizo feliz.
Vino el fin de semana y una invitación para ir a uno de los clubes más cotizados de la ciudad. Pensé encontrarme con la elegancia, con una que otra celebridad; pero jamás con lo encontrado: enanitos vestidos de magos, mujeres sumamente altas, ligeramente obesas con muy poca ropa; un circo morboso, atractivo y grotesco.Y, ahora sí, entre los invitados puro Barbie y Ken, haciendo a esta mexicana sentirse de regreso a la secundaria cuando todos eran cool y yo no. Al principio me sentí intimidada, y apanicada. Estaba por fin viendo el ruedo donde me tocaba entrar a competir y, no les miento, me dieron ganas de salir corriendo, regresar a mi casa, meterme a mi cama y decir “¡Mamá!”. Todas están preciosas, todos tienen poder, y tú ahí estas confiando en esta cosita que tienes tú: talento. Y es que dentro del glamur estaba también lo decadente. La siguiente mañana amanecí asustada, pensando “yo no quiero eso”.
Tenía ganas de regresar a casa, pero prendo la televisión y ahí están cantidad de series y películas que muero de ganas de hacer. Tan lejos pero tan cerca. Me vuelvo a agarrar de mi sueño, de mi confianza, de la maravilla que es ser yo sólo por ser única. Me recuerdo que estoy aquí para trabajar y en eso entra una llamada: mi primera audición. 

1 comentario: